Enero
Ni sabemos ni vamos a saber nunca qué fue lo que pasó con los trenes. Nos darán una explicación creíble, que salve en la medida de lo posible las responsabilidades de las partes implicadas, llenarán los medios de comunicación con noticias morbosas sobre un abuelete de setenta y siete años poseído por la lujuria y la lascivia, lo rematarán con las andanzas del Real Madrid y el Barcelona y la gran relevancia para nuestras vidas de la Liga y la Champions y luego ya no nos acordaremos de con quién estaba en guerra Eurasia, si lo estuvo alguna vez y hasta nos preguntaremos si existieron las guerras o no fueron más que el producto de la imaginación de un Tolkien cualquiera. Repasaremos las hemerotecas y no nos daremos cuenta de que han desaparecido las noticias que no interesan al Gran Hermano, y no porque no existan sino porque los buscadores y la IA que utilizamos fueron fagocitados hace mucho por el Régimen y cuando vayamos a votar, cada cuatro años, creeremos que eso sirve para algo porque así nos lo dicen todos los que están implicados en el asunto. Pero, mientras todo esto ocurre, en el mismo día cuatro trenes tienen accidentes, unos más mortales que otros, y tenemos que dar gracias al cielo porque pudieron ser muchos más.
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