Enero
Ni sabemos ni vamos a saber nunca qué fue lo que pasó con los trenes. Nos darán una explicación creíble, que salve en la medida de lo posible las responsabilidades de las partes implicadas, llenarán los medios de comunicación con noticias morbosas sobre un abuelete de setenta y siete años poseído por la lujuria y la lascivia, lo rematarán con las andanzas del Real Madrid y el Barcelona y la gran relevancia para nuestras vidas de la Liga y la Champions y luego ya no nos acordaremos de con quién estaba en guerra Eurasia, si lo estuvo alguna vez y hasta nos preguntaremos si existieron las guerras o no fueron más que el producto de la imaginación de un Tolkien cualquiera. Repasaremos las hemerotecas y no nos daremos cuenta de que han desaparecido las noticias que no interesan al Gran Hermano, y no porque no existan sino porque los buscadores y la IA que utilizamos fueron fagocitados hace mucho por el Régimen y cuando vayamos a votar, cada cuatro años, creeremos que eso sirve para algo porque así nos lo dicen todos los que están implicados en el asunto. Pero, mientras todo esto ocurre, en el mismo día cuatro trenes tienen accidentes, unos más mortales que otros, y tenemos que dar gracias al cielo porque pudieron ser muchos más.
Febrero
Nos está vetado. Desde tiempo inmemorial, desde aquella Torre de Babel en la que Dios confundió la lengua de los humanos para que no pudieran comunicarse entre sí en su absurdo empeño por llegar a su altura, la posibilidad de que los humanos accedieran al verdadero conocimiento se desvaneció como un sueño al despertar. Y con esa posibilidad también lo hizo la facultad de conocer más allá, lo que llamamos metaconocimiento. Desde entonces, desde nunca, hemos sido capaces de describir los fenómenos pero no de explicarlos y nuestra ceguera nos impide ver que somos torpes, inútiles, a la hora de establecer relaciones causales entre eventos, darnos cuenta de que nuestras explicaciones son más ideológicas que científicas y del daño que eso produce en las personas a las que afecta. Sacrificamos vidas y existencias por cuestiones ideológicas que dentro de unos años no tendrán ni pies ni cabeza como no lo tuvieron en épocas pasadas ni lo tendrán en el futuro y pensamos que la destrucción sólo ocurre, como los terremotos, en Japón o el sur de California.
Marzo
Hay grupos de música que superan el paso de los años con nota. En el mundo del rock en nuestro país y con los consabidos cuatro álbumes de estudio que parecen marcar la carrera productiva de la mayoría de formaciones antes de caer en la repetición de la misma fórmula con variaciones, los Héroes del Silencio ocupan un lugar más que destacado. En su periplo, que va desde un pop casi discotequero a un rock cercano a fórmulas derivadas del heavy metal, nos encontramos con un buen número de composiciones de difícil comprensión por el contenido de sus letras y de desmesurada belleza musical que de una forma u otra han marcado nuestro devenir musical aunque no sean muchos los que han intentado reproducir su sonido.
Abril
Mi hermana tenía un perro hace muchos años. Era de esas razas de pueblo, mezcla de no sé cuántas, tanto que como todos los canes rurales debía ser el único porque esa mezcla no creo que se haya podido repetir en ninguno más. Era un perro tranquilo, educado, diría que hasta cortés, que salía a pasear con ella por las tardes y le hacía compañía por esos mundos, por ese campo lleno de árboles que los urbanitas creen que es una irrealidad que hay que preservar para que el planeta continúe dando vueltas alrededor del sol sin salirse de su órbita. Vivía en una casita a la puerta de la casa de su ama como los de las películas de mi infancia y no gozaba del privilegio gatuno de estar cómodamente tumbado al fuego para calentarse en invierno. Era un buen perro, un día enfermó y murió como todos los seres vivos y ningún otro pudo tapar el hueco que dejó en este mundo porque en eso también era irrepetible como todos los perros para sus amos, como todos los seres vivos con los que establecemos relaciones afectivas.
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