2023

 

Navegamos con la nave de nuestra vida por un océano que parece que no tiene fin, y que ojalá tarde en tenerlo porque cuando lleguemos a tierra firme todo habrá acabado y sólo contaremos con un fugaz momento para decidir si mereció la pena o no. Somos los capitanes de una nave tripulada por un pequeño número de marineros, usualmente no más de dos o tres, y buena parte de nuestro trabajo es conseguir que estén lo suficientemente de acuerdo como para poder colaborar con nosotros en la tarea de mantenerla a flote. No es fácil, uno de ellos suele preferir todo lo que es ilegal, inmoral o engorda, otro se empeña en que no nos saltemos las reglas a pesar de que tal vez no sean apropiadas a la situación que estamos viviendo, otro nos recuerda que tenemos que agradar a todo el mundo para sentirnos felices, otro nos dice justo lo contrario… y entre unos y otros se nos pasa media vida porque la otra media la tenemos ocupada cuando nos toca agarrarnos del timón porque si se lo dejamos a cualquiera de ellos quién sabe dónde acabaríamos...

Hace muchos años un príncipe salió de su palacio. Había vivido una vida de esas, de príncipe, educado como se les educa a ellos, preparándose para dirigir un día a su pueblo, para ser su líder porque entonces los reyes mandaban como tales y no como ahora, que sólo son algo simbólico, más que representantes de la unidad y permanencia del Estado parecen muñecos de feria con los que meterse ejerciendo el derecho a ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. El príncipe, que no había visto otra cosa, era aún joven y se encontraba un poco hastiado de esa existencia de lujo y comodidades, quería ver otra cosa, conocer la parte del mundo que le había sido vedada. Abandonó el palacio y buscó la paz en él mismo...

Importamos de los orientales la idea de que la vida son dos ciclos de siete por siete años, y no sé de quién fue la de que los primeros cuarenta y nueve eran para aprender y los otros para disfrutar, pero me temo que no es así, como no es cierto que la meta de la vida es alcanzar la felicidad o eso de que si quieres algo lo consigues, por muchos matices que intentemos introducir a cada una de estas ideas para conseguir que acoplen a una realidad cambiante e inclasificable...

Tengo el recuerdo, tal vez tergiversado por el paso de los años, de que mis abuelas tenían el valor de enviar a sus hijos a morir por Dios y por España en aquella dura época de la Guerra Civil, y también de que asumían con toda la entereza que podían el verse privadas de sus maridos cuando cuatro matones se apeaban de un coche y se los llevaban para no volverlos a ver. Eran tiempos muy difíciles, con un país dividido en cuatro bandos, dos de ellos que luchaban por el poder establecido y los otros dos, que alguien llamó fachas y rojos creyendo que se trataba de una cuestión ideológica cuando seguramente no fuera más que una forma de resolver rencillas personales, que buscaban el otro poder, el real, el que permite decidir sobre las vidas de las personas sin asumir después la responsabilidad...

Nos dijeron que era sano y nos lo creímos. Tanto que convertimos a sus practicantes de élite en los gladiadores de la modernidad y la posmodernidad, tanto que lo incluimos en el repertorio de actividades extraescolares obligatorias de nuestros hijos, tanto que dedicamos un sinfín de horas de nuestras vidas a practicarlo, que invertimos grandes cantidades de dinero en comprar costosos equipos que no valían en realidad ni la décima parte de su precio y que pagamos costosas entradas para considerarlo como un espectáculo y empoderamos en nuestras vidas a aquellos que decían saber algo del tema. Nos reímos de los viejos, que no sabían nada, cuando nos decían aquello de que "el caballo que no echa la carrera en el cuerpo le queda" y nosotros seguimos metiéndonos día a día en el pozo, cada día un poco más, creyendo que nos encaminábamos al bienestar, la salud, la paz interior y no sé cuántas más cuando en realidad lo único que hacíamos era segregar endorfinas que nos convertían en adictos a nuestros propios opioides y destrozar poco a poco nuestras articulaciones...

De pequeños creíamos en los Reyes Magos y en el Ratoncito Pérez y eso nos alegraba. Nuestros padres y nuestras familias se empeñaron en mantenernos durante la mayor parte del tiempo posible en la felicidad de la ignorancia, ese desconocimiento de lo que ocurre, o mejor dicho ese desconocimiento del conocimiento de lo que ocurre, esa creencia de que todo nuestro entorno es controlable y favorable, fue fundamental para que nos hiciésemos unos adultos razonablemente equilibrados y, en la medida de lo posible, felices...

Hace años, cuando mi hijo pequeño se hizo un poco mayor, me apunté a marchas cicloturistas. Por aquella época este término englobaba tanto a salidas organizadas en grupo con algún tramo abierto para que nos desahogáramos jugando a ciclistas como a carreras (lo que luego se llamaron ciclodeportivas) para aquellos que nunca tuvimos nivel como para competir en las de verdad, esas que organiza la federación y a las que van los que tienen nivel, sean de primera, segunda, tercera o quinta división. Fue curioso, porque en las ciclodeportivas encontramos una manera de crear clasificaciones para los torneos de barrio y nos sentíamos tan felices pensando que habíamos ganado a los del pueblo de al lado. Bueno, yo no, que nunca gané nada...

ivimos en una época de fundamentalismos de todo tipo. Curiosamente cuando tenemos los niveles de formación más altos de la historia y una disponibilidad de información que nunca había llegado hasta esta inmediatez, se ha producido una proliferación de pseudoconocimientos, estudios "científicos" de todo tipo y resurgimiento de saberes antiguos revestidos de un academicismo underground que no creo que nos ayude a encontrar respuesta a las grandes preguntas que pretenden abordar...

Arancha salió a pasear como cualquier otra tarde. No hay muchas cosas en plan urbano que se puedan hacer en Roales del Pan, un pequeño pueblecito que se ha convertido un poco en ciudad dormitorio de la vecina ciudad de Zamora. Lejos de esos paisajes bucólicos llenos de árboles que uno se imagina, por allí el terreno es más bien para la agricultura y ganadería, un poco tierras de Castilla, un poco Tierra de Campos, a la que se asemeja muy lejanamente. Trabajaba como enfermera en un centro de salud, supongo que por las mañanas, y aquella tarde había salido a respirar ese aire limpio del que disfrutamos en la mayor parte de la provincia, que aquí somos pocos y ni los tubos de escape ni las chimeneas de las fábricas lo vician en exceso...

Hoy es un día triste, muy triste. El día en que las matemáticas vencieron a la democracia, en el que gobernar para la mayoría se convirtió en opresión para la otra mayoría, en el que las dos Españas volvieron a aparecer de un modo que puede ser irreconciliable, y en el que se demostró que la doble moral, el mentir y acusar al otro de lo que haces tú siempre triunfa. Ganaron los pocos a los que los muchos les importamos una mierda, los que cambian las reglas a su antojo y los que se aprovechan del afán de un muñeco por ganar siempre la partida. No sé a qué denostado personaje histórico me recuerda el que traza muros, el que se ríe sin reírse, el que tiene la espada de Damocles colgando a milímetros de su cabeza. Bueno, sí lo sé, pero seguiré diciendo que a mí me gusta la fruta.

Oppenheimer (Diciembre)

Aunque mi película favorita es casi desde que la vi la primera vez, y digo casi porque uno no puede otorgarle ese título sino a una “cinta” que ha visto varias veces, en varios momentos de su vida y desde diferentes perspectivas, este año tuve la oportunidad de ver Oppenheimer, y de allí salí pensando que era la mejor película que había visto en mi vida. Hoy no podría decir por qué la princesa es mi peli aunque podría dar un montón de argumentos en base a lo que he visto, a lo que he leído de ella, a cómo la he enfocado en diferentes momentos de mi vida, sé que es mi peli y ni quiero ni puedo definir la razón. Algo así me pareció con la de Nolan, las dos horas y pico en las que nos describe la vida del genio me llegaron tan adentro, más adentro, que la otra película que habla de sentimientos desde una perspectiva menso convencional, la parte 3 de Star Wars, que tambien me parece antológica...



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